¿En qué momento de nuestra vida dejamos de decir lo que pensamos? Cuando somo bebés, tenemos hambre y pedimos comida, queremos mimos y alargamos los brazos. En cambio hay un momento en que las cosas empiezan a cambiar. Ya no todo es tan fácil, aparecen nuevos miedos, anticipamos las consecuencias de nuestros actos, analizamos nuestro entorno, a aquellos que tenemos en frente. Los catalogas, los ubicas en determinadas casillas, para sentir algo de tranquilidad en este universo de pura entropía. Se desarrolla el ego, crecen tus obsesiones. Y poco a poco la relación con los demás se vuelve un baile de marionetas, una farsa, una representación de lo que uno quiere mostrar, de lo que uno cree que los demás verán. De repente decir lo que uno piensa se vuelve difícil, lleno de obstáculos y trampas ocultas. La vida ya es demasiado compleja para hacerlo. ¿O quizá somos nosotros que nos empeñamosen hacerla así?
Nos abruman los pudores y nos ciegan los miedos. Nos bloquean los tabúes y nos guían las circunstancias. Tengo sed. Es muy sencillo. ¿Tienes agua?. Parece que tienes sed. ¿Quieres agua? Cuanta sabiduría en un niño de 3 años. Y encima esa actitud nos hace sentir fuertes y seguros. ¡Cuánta miseria!. ¡Cuánta pobreza de espíritu!. ¿En qué momento oscuro nos toca vivir? ¿Así es el Kali Yuga? ¿Será verdad el fin de ciclo maya? ¿Tendrán razón los Testigos de Jehová? A veces lo parece.
Sin embargo, no hay nada nuevo bajo el sol. Mismas pobrezas, mismos errores. ¿Evolución? La razón afirma: imposible. La esperanza me pide decir: improbable...
domingo 15 de noviembre de 2009
lunes 8 de junio de 2009
Por qué voto a UPD
Nunca he sido seguidor de ningún partido político. Sin saber por qué, escuchar a los miembros de uno u otro bando me dejaba entre insatisfecho y repugnado. Me fascinan y revuelven el estómago por partes iguales las pasiones que originan en las personas unas siglas determinadas, reflejo de un supuesto posicionamiento ideológico. Al igual que nos ocurre con el fútbol, parece que la mayor parte de la gente se ha acostumbrado a seguir a ciegas unos colores independientemente de quién forme parte de su equipo, ni de si están jugando penosamente.
No hace falta saber mucho de política para detectar la mediocridad y falta de liderazgo de nuestros políticos. Quizá un poco más para ver lo atrasados que estamos todavía en Democracia, y lo que nos cuesta deshacernos de esa losa del pasado, donde el mundo se dividía en Franquistas y Republicanos, fascistas y comunistas, rojos y azules.
Hoy me doy cuenta de que mi desgana y falta de ilusión política no se debía a mi forma de ser, donde no hay “-ismos” que me valgan; sino a una falta total de opciones válidas; a una situación donde no quedaba más remedio que votar al “mal menor”.
Un día aparece un partido nuevo llamado UPD. Otras siglas y otro color. “Más de lo mismo”, pienso en un primer momento.
Pero lo cierto es que no. Me doy cuenta de que no soy el único al que no le gusta el fútbol cuando éste se entiende como fanatismo de masas. Cuando no da lugar a la autocrítica y arrincona el pensamiento.
He votado a UPD en las pasadas elecciones generales y en las recientes elecciones al Parlamento Europeo porque me he dado cuenta de que son el rayo de esperanza que necesitamos. El comienzo de un cambio de mentalidad. Una purga de raíces podridas, discursos huecos y sectarismos ideológicos.
Por primera vez en mucho tiempo me encuentro encima de la mesa una opción que supone Progresismo de verdad, es decir, una opción que supone avanzar y no mantenerse. Porque ahora todos los partidos esgrimen la bandera del progresismo, pero ninguno se atreve siquiera a sugerir los cambios que realmente nos harían evolucionar. Me leo el manifiesto del partido (¿yo, leyendo un manifiesto de un partido político? Inaudito), y me quedo boquiabierto al ver materializado exactamente todo aquello que me parecía que caía por su propio peso, como si yo mismo hubiese creado el partido.
Ya no me es necesario votar al mal menor. Tengo una razón para negarme a sacrificar el futuro por una leve mejoría insuficiente hoy. No voy a votar más al PSOE para que el PP nos lleve a guerras sin sentido, ni tampoco al PP para que el PSOE arruine nuestra economía. Ahora puedo, haciendo un pequeño esfuerzo, pensar a largo plazo y olvidarme del voto reaccionario o de la abstención que perjudica a todos. Pienso en que muchos como yo se darán cuenta de que votando al menos malo siempre nos quedaremos con algo malo, seguiremos alternando entre dos fuerzas políticas que se mantienen en sus estrategias de desprestigiarse mutuamente para conseguir más votos en lugar de presentar propuestas que hagan que este país progrese de verdad. Sin duda UPD no es la piedra filosofal ni la solución a todos nuestros problemas. Quizá lleguen un día a la Moncloa o quizá no, pero sin duda nos ayudará mucho a que los otros partidos se den cuenta de que ya no valen las estrategias, los argumentos y las frases tan bonitas como huecas de siempre. Estoy convencido de que es la grieta de la renovación que este país necesita por donde brotarán las nuevas reglas de juego del futuro.
Hoy opto por darle una oportunidad, como advertencia a los grandes, y como ejemplo para los pequeños.
No hace falta saber mucho de política para detectar la mediocridad y falta de liderazgo de nuestros políticos. Quizá un poco más para ver lo atrasados que estamos todavía en Democracia, y lo que nos cuesta deshacernos de esa losa del pasado, donde el mundo se dividía en Franquistas y Republicanos, fascistas y comunistas, rojos y azules.
Hoy me doy cuenta de que mi desgana y falta de ilusión política no se debía a mi forma de ser, donde no hay “-ismos” que me valgan; sino a una falta total de opciones válidas; a una situación donde no quedaba más remedio que votar al “mal menor”.
Un día aparece un partido nuevo llamado UPD. Otras siglas y otro color. “Más de lo mismo”, pienso en un primer momento.
Pero lo cierto es que no. Me doy cuenta de que no soy el único al que no le gusta el fútbol cuando éste se entiende como fanatismo de masas. Cuando no da lugar a la autocrítica y arrincona el pensamiento.
He votado a UPD en las pasadas elecciones generales y en las recientes elecciones al Parlamento Europeo porque me he dado cuenta de que son el rayo de esperanza que necesitamos. El comienzo de un cambio de mentalidad. Una purga de raíces podridas, discursos huecos y sectarismos ideológicos.
Por primera vez en mucho tiempo me encuentro encima de la mesa una opción que supone Progresismo de verdad, es decir, una opción que supone avanzar y no mantenerse. Porque ahora todos los partidos esgrimen la bandera del progresismo, pero ninguno se atreve siquiera a sugerir los cambios que realmente nos harían evolucionar. Me leo el manifiesto del partido (¿yo, leyendo un manifiesto de un partido político? Inaudito), y me quedo boquiabierto al ver materializado exactamente todo aquello que me parecía que caía por su propio peso, como si yo mismo hubiese creado el partido.
Ya no me es necesario votar al mal menor. Tengo una razón para negarme a sacrificar el futuro por una leve mejoría insuficiente hoy. No voy a votar más al PSOE para que el PP nos lleve a guerras sin sentido, ni tampoco al PP para que el PSOE arruine nuestra economía. Ahora puedo, haciendo un pequeño esfuerzo, pensar a largo plazo y olvidarme del voto reaccionario o de la abstención que perjudica a todos. Pienso en que muchos como yo se darán cuenta de que votando al menos malo siempre nos quedaremos con algo malo, seguiremos alternando entre dos fuerzas políticas que se mantienen en sus estrategias de desprestigiarse mutuamente para conseguir más votos en lugar de presentar propuestas que hagan que este país progrese de verdad. Sin duda UPD no es la piedra filosofal ni la solución a todos nuestros problemas. Quizá lleguen un día a la Moncloa o quizá no, pero sin duda nos ayudará mucho a que los otros partidos se den cuenta de que ya no valen las estrategias, los argumentos y las frases tan bonitas como huecas de siempre. Estoy convencido de que es la grieta de la renovación que este país necesita por donde brotarán las nuevas reglas de juego del futuro.
Hoy opto por darle una oportunidad, como advertencia a los grandes, y como ejemplo para los pequeños.
lunes 24 de noviembre de 2008
El esfuerzo contra la barbarie.
Nunca he sufrido el efecto “fan” por nadie ni por nada. Ningún grupo musical me hizo perder el control en mi adolescencia, ni tampoco ninguna actriz o modelo del momento me llevó a coleccionar recortes de revistas. Ni siquiera el fútbol, deporte de masas donde los haya, me hizo perder los nervios o quitarme el sueño cuando mi equipo (porque hay que ser de algún equipo) ganaba o perdía. Me he alejado siempre de las afiliaciones, ideologías y abanderamientos que desde mi punto de vista siempre te reducen el campo de visión y alienan el espíritu.
Sin embargo, este fin de semana, me he acercado mucho a ese sentimiento. He admirado sincera y profundamente el enorme trabajo y esfuerzo de algunas personas, como Fernando Verdasco, ese chaval de 25 años, tenista en el puesto 16 del mundo (que se dice pronto), que tanto el sábado como el domingo tuvo que añadir a los nervios y la tensión propias de jugar un torneo de primer nivel, la indignante, desesperante e injusta bulla a la que le sometió el maleducado público argentino en la Copa Davis. Torneo que por tratar con equipos nacionales en lugar de jugadores individuales, parece que se le tiene que permitir cualquier cosa.
Pensar en las innumerables horas de entrenamiento, en la cantidad de cosas a las que alguien de esa edad tiene que renunciar para conseguir su sueño, cuando resumes el año a entrenamientos y viajes, centros de alto rendimiento, estricto control de la alimentación y del sueño; y sobretodo, en la enorme fuerza de voluntad para llevarlo a cabo, para seguir día a día durante años a ese ritmo. Con solo pensar un segundo en todo esto bastaría para enmudecerte y vivir la pasión de tu equipo nacional desde el segundo plano que un espectador jamás debería abandonar. Pero claro, las masas no piensan, ni en Argentina, ni España, ni en ninguna parte.
Dan ganas de no volver a ver tenis nunca más. Es una pena que un deporte como este, caracterizado siempre por un respeto ejemplar entre jugadores y seguidores, se vea infectado por esas maneras tan propias del fútbol, ese deporte devaluado como rentable que se ha convertido en desahogo de las frustraciones e infelicidades de tantos. Es una pena que la Federación Internacional de Tenis, se deje llevar por ese histerismo futbolero de manos de escandalosos, maleducados e ignorantes, y deje convertir un torneo de tenis en una fiesta de gritos y bocinas sin control.
Lo siento, no hay excusas. Ni porque sea la Davis, ni porque sea Argentina, ni porque la abuela de Djokovic fuma.
Me pregunto qué se le pasaría por la cabeza a Pascal Maria, ese francés tan serio, árbitro educadísimo de los principales torneos internacionales. Ver la violación de su deporte de forma tan impune. Yo sólo le veía cada vez la frente más arrugada y el gesto más torcido.
¿Y Fernando? Después de conseguir ganar a pesar de todo. Lo más blando que se me pasaría a mi por la cabeza es “joderos todos, acémilas descerebradas, animales de bellota, salvajes ignorantes”. Qué satisfacción tan grande, conseguir superar la presión, controlar los nervios, acallar la indignación, mantener la concentración en un entorno imposible, recordar la técnica, dejar fluir los movimientos aprendidos y guardar algo de lucidez para los momentos clave. Qué alegría que, a pesar de todo, consigues ganar, hacer realidad tus sueños más atrevidos.
Toda una lección para los que quieran algún día perseguir su sueño, y para todos aquellos que únicamente pasan la vida agitando banderas sin pararse a pensar un segundo en lo que están haciendo.
Sin embargo, este fin de semana, me he acercado mucho a ese sentimiento. He admirado sincera y profundamente el enorme trabajo y esfuerzo de algunas personas, como Fernando Verdasco, ese chaval de 25 años, tenista en el puesto 16 del mundo (que se dice pronto), que tanto el sábado como el domingo tuvo que añadir a los nervios y la tensión propias de jugar un torneo de primer nivel, la indignante, desesperante e injusta bulla a la que le sometió el maleducado público argentino en la Copa Davis. Torneo que por tratar con equipos nacionales en lugar de jugadores individuales, parece que se le tiene que permitir cualquier cosa.
Pensar en las innumerables horas de entrenamiento, en la cantidad de cosas a las que alguien de esa edad tiene que renunciar para conseguir su sueño, cuando resumes el año a entrenamientos y viajes, centros de alto rendimiento, estricto control de la alimentación y del sueño; y sobretodo, en la enorme fuerza de voluntad para llevarlo a cabo, para seguir día a día durante años a ese ritmo. Con solo pensar un segundo en todo esto bastaría para enmudecerte y vivir la pasión de tu equipo nacional desde el segundo plano que un espectador jamás debería abandonar. Pero claro, las masas no piensan, ni en Argentina, ni España, ni en ninguna parte.
Dan ganas de no volver a ver tenis nunca más. Es una pena que un deporte como este, caracterizado siempre por un respeto ejemplar entre jugadores y seguidores, se vea infectado por esas maneras tan propias del fútbol, ese deporte devaluado como rentable que se ha convertido en desahogo de las frustraciones e infelicidades de tantos. Es una pena que la Federación Internacional de Tenis, se deje llevar por ese histerismo futbolero de manos de escandalosos, maleducados e ignorantes, y deje convertir un torneo de tenis en una fiesta de gritos y bocinas sin control.
Lo siento, no hay excusas. Ni porque sea la Davis, ni porque sea Argentina, ni porque la abuela de Djokovic fuma.
Me pregunto qué se le pasaría por la cabeza a Pascal Maria, ese francés tan serio, árbitro educadísimo de los principales torneos internacionales. Ver la violación de su deporte de forma tan impune. Yo sólo le veía cada vez la frente más arrugada y el gesto más torcido.
¿Y Fernando? Después de conseguir ganar a pesar de todo. Lo más blando que se me pasaría a mi por la cabeza es “joderos todos, acémilas descerebradas, animales de bellota, salvajes ignorantes”. Qué satisfacción tan grande, conseguir superar la presión, controlar los nervios, acallar la indignación, mantener la concentración en un entorno imposible, recordar la técnica, dejar fluir los movimientos aprendidos y guardar algo de lucidez para los momentos clave. Qué alegría que, a pesar de todo, consigues ganar, hacer realidad tus sueños más atrevidos.
Toda una lección para los que quieran algún día perseguir su sueño, y para todos aquellos que únicamente pasan la vida agitando banderas sin pararse a pensar un segundo en lo que están haciendo.
martes 11 de noviembre de 2008
El poder de la Otra Conciencia
Hoy es de esas tardes en las que alguna parte de tu inconsciente ha decidido por cuenta propia que hoy ya has trabajado suficiente. Te empeñas en centrarte para dejar trazadas las ideas generales de aquello que sabes que en algún momento debes empezar; en quitarte esa tontuna que te pidió el delegado de turno; o al menos en repasar alguna información que sabes que será útil para tomar algunas decisiones. Pero no, nuestro amigo oculto, desde lo más profundo de la maraña de neuronas conspira contra ti.
Recuerdas aquellas semanas de exámenes de tu época de universitario en las que cualquier acontecimiento por nimio que fuese, se convertía en la cosa más interesante del Universo. Un pájaro pasa volando por delante de tu ventana, oh, sorpresa, ¿a dónde se dirigirá? ¡Ah!, mira, se ha posado en ese poste. Qué poste tan curioso. ¿De dónde vienen los postes de la luz? ¿Son árboles muy rectos o los moldean así? La verdad es que mira que somos arcaicos todavía llevando los cables de esta manera. Estoy seguro que si me pongo podría idear un sistema para.... ¡Coño, estudia! ......... Huy!, qué hambre más extraño me ha entrado de pronto, voy a echar un vistazo en la nevera.
Después de abrir y cerrar 3 veces la puerta de la nevera y corroborar que no hay nada que realmente te apetezca, decides ya que estás abajo darte una vuelta por el comedor, la salita, el aseo, el garaje.... Más tarde que pronto te empiezas a preguntar qué cojones haces dando tumbos por la casa cual vigilante de seguridad con insomnio. ¡A estudiar! ..... El teléfono suena, corres casi desesperado a cogerlo. NADIE puede cogerlo más que tú. Te abalanzas sobre el aparato como si su vida dependiese de ello. No es para ti, increíble, habrías apostado tu brazo derecho a que así era. Sin embargo, nunca te había parecido tan simpática la amiga gorda del trabajo de tu madre. Pasas 10 minutos hablando con ella. ¿Se ha dado cuenta alguna vez la cantidad de postes de luz que se necesitan para iluminar todo un pueblo? Cuando ya no sabes cómo alargar la conversación y la amiga de tu madre se comienza a pensar que sufres una grave falta de afecto, le confiesas que tu madre no está en casa y que debes volver al estudio.
Estudiar.... Un insecto pasa cerca de ti. Lo oyes pero no lo ves. No necesitas saber más. Tu misión es dejarlo fuera de juego. Un coche pasa por la calle, NECESITAS ver cuánto suma la matrícula, tu padre pasa a menos de 15 metros de ti, ¿Quieres algo? Iba al baño, normal, todo el mundo necesita ir al baño. La cadena de pensamientos te lleva a elaborar una intrincada teoría existencialista basada en la regularidad de las inevitables necesidades fisiológicas y cuando recuperas la cordura te das cuenta de que ya es la hora de comer. Buf... estás agotado. Estudiar cansa tanto...
Después te haces mayor y te das cuenta de que eso te ocurre cada vez que esa Conciencia interior con personalidad propia decide que no vas a hacer lo que te has propuesto. Y hoy, mi Conciencia ha hablado. No hay nada que hacer.
Recuerdas aquellas semanas de exámenes de tu época de universitario en las que cualquier acontecimiento por nimio que fuese, se convertía en la cosa más interesante del Universo. Un pájaro pasa volando por delante de tu ventana, oh, sorpresa, ¿a dónde se dirigirá? ¡Ah!, mira, se ha posado en ese poste. Qué poste tan curioso. ¿De dónde vienen los postes de la luz? ¿Son árboles muy rectos o los moldean así? La verdad es que mira que somos arcaicos todavía llevando los cables de esta manera. Estoy seguro que si me pongo podría idear un sistema para.... ¡Coño, estudia! ......... Huy!, qué hambre más extraño me ha entrado de pronto, voy a echar un vistazo en la nevera.
Después de abrir y cerrar 3 veces la puerta de la nevera y corroborar que no hay nada que realmente te apetezca, decides ya que estás abajo darte una vuelta por el comedor, la salita, el aseo, el garaje.... Más tarde que pronto te empiezas a preguntar qué cojones haces dando tumbos por la casa cual vigilante de seguridad con insomnio. ¡A estudiar! ..... El teléfono suena, corres casi desesperado a cogerlo. NADIE puede cogerlo más que tú. Te abalanzas sobre el aparato como si su vida dependiese de ello. No es para ti, increíble, habrías apostado tu brazo derecho a que así era. Sin embargo, nunca te había parecido tan simpática la amiga gorda del trabajo de tu madre. Pasas 10 minutos hablando con ella. ¿Se ha dado cuenta alguna vez la cantidad de postes de luz que se necesitan para iluminar todo un pueblo? Cuando ya no sabes cómo alargar la conversación y la amiga de tu madre se comienza a pensar que sufres una grave falta de afecto, le confiesas que tu madre no está en casa y que debes volver al estudio.
Estudiar.... Un insecto pasa cerca de ti. Lo oyes pero no lo ves. No necesitas saber más. Tu misión es dejarlo fuera de juego. Un coche pasa por la calle, NECESITAS ver cuánto suma la matrícula, tu padre pasa a menos de 15 metros de ti, ¿Quieres algo? Iba al baño, normal, todo el mundo necesita ir al baño. La cadena de pensamientos te lleva a elaborar una intrincada teoría existencialista basada en la regularidad de las inevitables necesidades fisiológicas y cuando recuperas la cordura te das cuenta de que ya es la hora de comer. Buf... estás agotado. Estudiar cansa tanto...
Después te haces mayor y te das cuenta de que eso te ocurre cada vez que esa Conciencia interior con personalidad propia decide que no vas a hacer lo que te has propuesto. Y hoy, mi Conciencia ha hablado. No hay nada que hacer.
viernes 7 de noviembre de 2008
Chispas 1: El canto del Hombre
Cada vez que me levanto. Viene alguien a empujarme de nuevo. Cada vez que me revuelvo, viene alguien a poner orden en mi cerebro. Siempre vuelvo cuando tengo. Siempre marcho de vacío. Allegro, andante ma non troppo, paso a paso en la cuerda floja del sentimiento. Siento lo que siento cuando pienso. Pienso y pienso cuánto siento. Sinfines de relevos. Alelados revoltosos en mi cabeza. Siempre dispuestos a olvidar lo que tengo y recordar lo que no debo. Ven conmigo. Impídeme pensar. Acalla las voces y hales callar. Habla por mi, siente por mi, sueña por mi, y déjame sumirme en la oscuridad de la nada... por un instante... hazme comprender, vuélveme algo más sabio. Por favor, dame la mano y llévame a la luz.
martes 19 de agosto de 2008
Los 100 en 24

Hace un par de meses terminé otro pequeño gran reto. Cien kilómetros de seguido en un tiempo máximo de 24 horas. Terminé, tremendamente cansado y dolorido, pero terminé.
He necesitado este tiempo para recuperarme. No físicamente, pues las piernas en 4 días ya estaban casi perfectas, sino mentalmente. Tiempo imprescindible para asimilar las 20 horas de ilusión y esfuerzo. Para digerir el cóctel de sentimientos contradictorios que se fueron acumulando. Para poder sentarme y escribir en frío lo que fue aquello de la forma más realista posible. Lo mejor será que empiece desde el principio.
Los nervios se hacían notar ya la noche anterior. Aunque la intención era acostarse pronto para estar bien fresco al día siguiente, los preparativos y la mente a todo gas no me permitieron dormir hasta cerca de medianoche.
El despertador sonó diligente poco después de las 8. Desayuno tan consistente como inusual a base de pasta, huevos y fruta.
A las 11 estaba ya allí, con mi amiga Cristina y esperando a otro par de valientes amigos con la firme decisión de realizar el 50% de la prueba.
No había demasiada gente. No fue como en esas medias maratones o carreras de varios puñados de kilómetros donde las salidas impresionan por el tumulto avanzando al trote como un auténtico ejército. Esta vez éramos sólo unos 1500. El comienzo fue lento, con una avanzadilla que salió al trote siguiendo un peculiar recorrido por el perímetro del campo de fútbol del polideportivo, y seguido del resto de participantes que empezaron tranquilamente caminando. La salida del polideportivo se convirtió en un cuello de botella que sufrimos todos a excepción de los primeros corredores.
Me sentía nervioso y alegre. Con la inquebrantable decisión de llegar a meta al día siguiente. No veía el momento de empezar a andar a paso ligero y las paradas de los primeros kilómetros motivadas por estrechamientos del camino que hacían amontonarse a la apretada comitiva, ensombrecían ligeramente mis alegres pensamientos.
A partir del kilómetro 7 u 8 decidí abandonar la amena charla de mis amigos y empezar mi verdadero reto. Apreté el paso y les dejé atrás con la esperanza de verles unos minutos en el primer descanso. Alterné el paso ligero en los llanos y cuestas con un trote moderado en las bajadas. Llegué al tercer punto de avituallamiento (km 17-18) alrededor de las 3. Era hora de comer. Cambio de calcetines, pies al fresco, estiramientos de rigor, y unos buenos sándwiches preparados esa misma mañana. Allí encontré a uno de los organizadores conocido mío e intercambiamos charla, ánimos y algunas fotografías. La moral por las nubes y las piernas en plena forma. Ni rastro de ampollas. La cosa iba bien. Después de casi 40 minutos, retomé la marcha al ritmo rápido del House de mi MP4, pero ya sin correr en ningún momento.
Por lo que supe después, mis amigos llegaron 10 minutos después de mi marcha. Les había sacado 50 minutos en apenas 8 kilómetros.
El camino hasta Colmenar Viejo (km35) fue sencillo y todavía con mucho movimiento de gente. El avituallamiento en el polideportivo fue una auténtica decepción. Ya no quedaba prácticamente nada y a esas alturas de la carrera eso era inadmisible. No valía la pena enfadarse, así que tomé nota mental para decírselo a la organización en su momento.
A partir de ahí cambió todo. Mucha gente se quedó en Colmenar Viejo, y los grupos cada vez más dispersos hicieron de los siguientes kilómetros una marcha mucho más solitaria, amenizada al principio por el partido de España que mi MP4 me transmitía arañando las intermitentes ondas de radiofrecuencia que se colaban por los valles y caminos por los que transcurría la carrera.
Me impuse un ritmo rápido y persistente. El objetivo era llegar al siguiente avituallamiento, y de allí al siguiente, y al siguiente…
Al terminar el partido opté por el silencio, los pensamientos y la concentración para mantener el ritmo.
Sólo tuve que pararme un momento para atravesar un río que parecía que me iba a obligar a descalzarme y mojarme los pies. Después de observar un rato el tronco y las piedras que había por el centro, me arriesgué a hacer un poco de equilibrismo y con un poco de suerte pasé sin salpicarme siquiera. Había que seguir.
Empezaba a anochecer y la luz del día era ya débil cuando entraba en Tres Cantos. Llegué al Polideportivo (km52) a las 9 y cuarto de la noche, después de conocer unos metros antes a un extraordinario señor. Un hombre de unos 60 años que el día anterior acababa de terminar el camino de Santiago desde Roncesvalles a una media de 45 kilómetros al día, y que se había apuntado a la carrera con la firme voluntad de terminarla. Después de tan tremendo ejemplo, yo no podía ni plantearme no terminar.
La parada en Tres Cantos fue larga. Los tendones de los gemelos empezaban a molestar y los estiramientos ya no fueron muy agradables. Comer, airear los pies y descansar un rato completaron la parada. Había que retomar. Estaba en la mitad del trayecto y era como volver a empezar. Eran las 10 de la noche.
No encontré al hombre del camino de Santiago así que retomé yo solo, con los primeros miedos asomando por mi cabeza. Miedo a no poder seguir el camino correcto. Miedo a no tener la suficiente fuerza de voluntad llegado el momento. Ya era prácticamente de noche, y muchísima gente había dado por terminada la carrera en ese punto, así que los próximos kilómetros se preveían muy solitarios. Sin embargo, el destino salió a mi encuentro para ofrecerme la mejor de las ayudas, la mayor de las oportunidades para terminar la carrera. Nada más alejarme del Polideportivo y a punto de tomar el camino de tierra que debería llevarme a lo largo de 22 kilómetros hasta San Sebastián de los Reyes, me encontré a un joven de mi edad, calzando las mismas zapatillas de deporte que yo (¿Casualidad?). Era una señal, sin duda. Empezamos a hablar y ya no nos separamos hasta el final. Seguíamos el mismo ritmo, teníamos la misma zancada y la misma idea en la cabeza: llegar a meta. No podía haber encontrado mejor compañero de viaje. Todavía dudo si lo habría conseguido sin él.
La noche no tardó en cerrarse así que saqué la linterna para iluminar el camino algo más de lo que lo hacía el cuarto creciente de luna.
Avanzábamos en silencio, y el cansancio se hacía notar. Los puntos de avituallamiento se convertían en verdaderos oasis de esperanza que cada vez parecían estar más alejados unos de otros.
Mis tendones cada vez estaban peor, y cada parada era tan necesaria como insufrible. Cada vez que había que retomar la marcha, el dolor me impedía andar con normalidad, y pasaba los primeros 10 minutos como si estuviera cojo.
Llegamos poco antes de las 2 de la madrugada a San Sebastián y fue la primera parada larga desde Tres Cantos. Además del cansancio y el dolor de los tendones, fui atacado por un frio terrible que hacía temblar todo mi cuerpo. Era una sensación extraña, como si tuviera fiebre. Me tranquilicé al ver que era algo normal, viendo alrededor algunas personas tumbadas en las colchonetas arropados con mantas. Tocaba volver a comer un poco, estirar a duras penas y mentalizarse para seguir. Faltaban otros 15 kms para volver a Tres Cantos, y eso significaría estar a las puertas del último empujón.
Retomar ahí fue difícil, creía que no podía andar. Los tendones los sentía crujir como una puerta vieja al abrirse. Eso no podía ser bueno.
Pasados los primeros minutos de casi lisiado los músculos volvieron a calentarse y seguimos a nuestro animoso ritmo.
Las etapas nocturnas desde el km52 al 89 (Tres Cantos-San Sebastián-Tres Cantos) fueron una experiencia única. Avanzando muchas veces con la linterna apagada, a la luz de la luna y el único sonido de nuestros pasos que emitían ese leve crujir de la arena del camino bajo nuestros pies. Crac, crac, crac, crac… y por dentro la lucha de sentimientos, de pensamientos.
En esas horas recibí la mayor parte de los mensajes de móvil de parte de algunos amigos que pensaron en mí y en lo que estaba haciendo. Jamás un mensaje o una corta conversación me han dado tanta energía como los de aquel día. Cinco minutos hablando por teléfono con un amigo tenía un efecto más grande que cualquier cápsula de glucosa, barrita energética o descanso reparador.
Llegamos a Tres Cantos de nuevo a pasadas las 5 de la mañana. El frío febril me atacó nada más parar, y pedí una capa de plástico con la que taparme las piernas. Nos quedaba poca comida y sufrimos el primer ataque de sueño. Teníamos un cansancio que ya invadía todo el cuerpo y sentíamos como si no fuésemos muy dueños de lo que hacíamos. Sacamos los restos de comida que nos quedaban y nos lo partimos a medias. Un último sándwich de sardinas, una coca cola que compramos en una máquina, algo de chocolate y algún resto más para reactivar nuestro cuerpo.
Ya no pude estirar. Pensé que mis tendones iban a romperse en cualquier momento. El frío, el dolor y el cansancio hizo que levantarme y comenzar de nuevo a andar fuese una auténtica guerra abierta entre mi voluntad y mi estupefacto cuerpo, que se preguntaba qué había hecho para merecer aquél castigo.
En lo que era ya un ritual establecido, caminamos lentamente durante los primeros cientos de metros, para que pudiese recuperar mi forma de andar natural y nuestro ritmo característico que estaba alrededor de los 6 kilómetros/hora.
Pasada la crisis de reinicio de marcha las sardinas y el chocolate debieron hacer su efecto, mezclándose con el entusiasmo de saberse a menos de 10 kilómetros de la meta. Esto era ya una cuenta atrás, y me sentía exultante de energía. Parecía como si pudiese terminar lo que faltaba corriendo o saltando. Apretamos el paso.
Pasado el siguiente avituallamiento era ya completamente de día, el amanecer nos había dado esquinazo y la sensación era muy extraña. Era increíble pensar en el ritmo que llevábamos, como si acabásemos de empezar, cuando en realidad avanzábamos ya con más de 90 kilómetros bajo nuestras zapatillas, y más de 18 horas seguidas.
Sin embargo, la reserva de energía no duró demasiado, y a 4 kilómetros del final, yo desfallecía de nuevo. Los últimos kilómetros eran cuesta arriba, y a mi se me acabaron las ganas de correr y de saltar. Bajé el ritmo. No podía permitir consumirme en el último momento. Había que llegar y sin ningún atisbo de duda yo sabía que iba a terminar.
Esos últimos kilómetros se hicieron interminables, pero al fin Colmenar Viejo apareció ante nosotros y supimos que ya estaba hecho.
Activé mi MP4, y le pasé un auricular a mi compañero. Entramos con fuerzas renovadas a ritmo de I NEED A HERO a todo volumen. La satisfacción no cabía en ese campo de fútbol. La alegría se reflejaba en mi cara y por dentro me embargaba una especie de complicidad entre yo y mi voluntad: “Ves, te lo dije”.
Cruzamos la meta a las 8 en punto. Lo habíamos conseguido en 20 horas y en la posición 167. Quedaban más de 400 personas por llegar. Alrededor de 1000 personas habían abandonado. ¡Lo habíamos conseguido, lo habíamos conseguido!
martes 24 de junio de 2008
El espejo
Día 1: Amigo Loan, no me preguntes por qué, pero no suelo mirarme mucho al espejo. Hay gente que incluso practica sus discursos enfrente de él, entrena expresiones, relata cuentos, o cuenta chistes. Otros simplemente satisfacen su vanidad o lo utilizan como una herramienta más de su taller de reparaciones facial diario.
Sin duda yo me pierdo algo. Después llega la hora de enfrentarte al mundo y pones caras que no sabes cómo se ven desde fuera. Eso tiene que ser una desventaja, pero supongo que estas cosas no se pueden cambiar de un día a otro. Ahora me he propuesto todos los días mirarme detenidamente un par de minutos cada día, saludarme al pasar y echarme alguna sonrisa juguetona.
Día 2: Mi encuentro conmigo mismo ha sido todo un éxito. Me he mirado, he sostenido la mirada, y he reflexionado sobre lo que veía. Tengo que reconocer que me ha gustado. Una mirada transparente, alegre, abierta, satisfecha consigo misma y con ganas de salir ahí fuera a darle caña al mundo.
Día 3: Hoy me he parado más de la cuenta ante el espejo. No me había dado cuenta antes de lo pálido que estoy. ¿Será hoy o siempre he sido así de desnatado? Tendré que investigar sobre el tema. Por lo demás todo bien, me voy acostumbrando a mi cara.
Día 4: Confirmado, después de preguntarlo a media oficina y llamar a 14 amigos, he concluido que siempre he sido muy blanco de cara. Esto tiene que cambiar. Me han hablado de unas cremas bronceadoras que son pura magia.
Día 5: Hoy no me he sonreído. He detectado unas espinillas horribles repartidas estratégicamente por toda la nariz. He tardado 35 minutos en quitarlas todas. Después me he visto obligado a pedir la mañana libre porque mi nariz había adquirido un tamaño y color muy similar al de una berenjena.
Día 6: ¡Esas ojeras no estaban ahí ayer! ¡Juro que no estaban! Seguro que el horrible dolor que me producía respirar por la nariz y las pesadillas con clones de mi mismo persiguiéndome por las calles algo han tenido que ver.
Día 7: He pasado hora y media en el cuarto de baño. He aplicado cuidadosamente y cada una en su zona de acción las 7 cremas y 3 lociones que me compré ayer para solucionar mi manifiesto problema de sequedad de piel.
Día 8: Mi nariz ha vuelto a la normalidad y eso me ha hecho tremendamente feliz. Las ojeras persisten, pero he descubierto la solución en forma de mascarilla para hombres. La metrosexualidad se ha revelado ante mí como una consecuencia inevitable de la evolución y no como una tendencia social. No me cabe la menor duda de que el hombre, a medida que transcurran las generaciones, perderá el meñique del pie, las muelas de juicio y nos maquillaremos sin complejo alguno.
Día 9: Ya no me digo cosas bonitas ni se me ocurre sonreír, pues se revelan esos dientes ligeramente superpuestos y algo amarillentos que me caracterizan. Este año no habrá vacaciones. Habrá que ahorrar para un blanqueado y ortodoncia completa. No sé cómo no me lo había planteado antes.
Día 10: Hoy me ha salido un grano del tamaño de Madagascar en mitad de la frente. No sé si he sentido odio o miedo. He salido corriendo y me he metido en la cama tapado hasta la nariz con temblores irrefrenables.
Día 15: Llevo una semana metido en cama. Entro en el baño a gatas para no ver mi reflejo en el espejo y luego regreso corriendo sin mirar atrás.
Día 16: He hecho de tripas corazón, y me he aventurado a mirarme al espejo. El paisaje era desolador, pero al menos el grano ya había desaparecido. Mi jefe me ha llamado 3 veces y ha amenazado con hacerme no sé qué agujero más grande con parte del mobiliario de su despacho.
Día 20: Después de la Gran Crisis del Grano, he aprendido a quererme como soy. Me ignoro hasta salir de la ducha. Me miro fríamente, sin compasión. Inicio los trabajos de recuperación, reciclaje y restauración imprescindibles con movimientos implacables y precisos. Una vez todo queda en regla, media vuelta militar y marcha al mundo exterior mentalizándome para no cometer ningún desliz gestual.
Ahora soy mucho más feliz, controlo mi apariencia, conozco mis defectos, soy consciente de lo que muestro al mundo. No entiendo cómo podía vivir antes sin mirarme al espejo.
Sin duda yo me pierdo algo. Después llega la hora de enfrentarte al mundo y pones caras que no sabes cómo se ven desde fuera. Eso tiene que ser una desventaja, pero supongo que estas cosas no se pueden cambiar de un día a otro. Ahora me he propuesto todos los días mirarme detenidamente un par de minutos cada día, saludarme al pasar y echarme alguna sonrisa juguetona.
Día 2: Mi encuentro conmigo mismo ha sido todo un éxito. Me he mirado, he sostenido la mirada, y he reflexionado sobre lo que veía. Tengo que reconocer que me ha gustado. Una mirada transparente, alegre, abierta, satisfecha consigo misma y con ganas de salir ahí fuera a darle caña al mundo.
Día 3: Hoy me he parado más de la cuenta ante el espejo. No me había dado cuenta antes de lo pálido que estoy. ¿Será hoy o siempre he sido así de desnatado? Tendré que investigar sobre el tema. Por lo demás todo bien, me voy acostumbrando a mi cara.
Día 4: Confirmado, después de preguntarlo a media oficina y llamar a 14 amigos, he concluido que siempre he sido muy blanco de cara. Esto tiene que cambiar. Me han hablado de unas cremas bronceadoras que son pura magia.
Día 5: Hoy no me he sonreído. He detectado unas espinillas horribles repartidas estratégicamente por toda la nariz. He tardado 35 minutos en quitarlas todas. Después me he visto obligado a pedir la mañana libre porque mi nariz había adquirido un tamaño y color muy similar al de una berenjena.
Día 6: ¡Esas ojeras no estaban ahí ayer! ¡Juro que no estaban! Seguro que el horrible dolor que me producía respirar por la nariz y las pesadillas con clones de mi mismo persiguiéndome por las calles algo han tenido que ver.
Día 7: He pasado hora y media en el cuarto de baño. He aplicado cuidadosamente y cada una en su zona de acción las 7 cremas y 3 lociones que me compré ayer para solucionar mi manifiesto problema de sequedad de piel.
Día 8: Mi nariz ha vuelto a la normalidad y eso me ha hecho tremendamente feliz. Las ojeras persisten, pero he descubierto la solución en forma de mascarilla para hombres. La metrosexualidad se ha revelado ante mí como una consecuencia inevitable de la evolución y no como una tendencia social. No me cabe la menor duda de que el hombre, a medida que transcurran las generaciones, perderá el meñique del pie, las muelas de juicio y nos maquillaremos sin complejo alguno.
Día 9: Ya no me digo cosas bonitas ni se me ocurre sonreír, pues se revelan esos dientes ligeramente superpuestos y algo amarillentos que me caracterizan. Este año no habrá vacaciones. Habrá que ahorrar para un blanqueado y ortodoncia completa. No sé cómo no me lo había planteado antes.
Día 10: Hoy me ha salido un grano del tamaño de Madagascar en mitad de la frente. No sé si he sentido odio o miedo. He salido corriendo y me he metido en la cama tapado hasta la nariz con temblores irrefrenables.
Día 15: Llevo una semana metido en cama. Entro en el baño a gatas para no ver mi reflejo en el espejo y luego regreso corriendo sin mirar atrás.
Día 16: He hecho de tripas corazón, y me he aventurado a mirarme al espejo. El paisaje era desolador, pero al menos el grano ya había desaparecido. Mi jefe me ha llamado 3 veces y ha amenazado con hacerme no sé qué agujero más grande con parte del mobiliario de su despacho.
Día 20: Después de la Gran Crisis del Grano, he aprendido a quererme como soy. Me ignoro hasta salir de la ducha. Me miro fríamente, sin compasión. Inicio los trabajos de recuperación, reciclaje y restauración imprescindibles con movimientos implacables y precisos. Una vez todo queda en regla, media vuelta militar y marcha al mundo exterior mentalizándome para no cometer ningún desliz gestual.
Ahora soy mucho más feliz, controlo mi apariencia, conozco mis defectos, soy consciente de lo que muestro al mundo. No entiendo cómo podía vivir antes sin mirarme al espejo.
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